Aunque sea difícil de evaluar las consecuencias
de la disminución de las especies, es evidente
que esta disminución corresponde a una reducción
continua de funcionalidad del ecosistema. En efecto los
diferentes miembros de un ecosistema actúan entre
ellos y con el medio abiótico. Los productores
autótrofos, las plantas verdes sobre la tierra
y las bacterias y protistas de estos, los consumidores
heterótrofos y los degradadores están fuertemente
asociados e interconectados. Todas las intervenciones
que alteran las actividades de uno de estos componentes
y que sobrepasa el límite de tolerancia de un sistema,
repercuten negativamente en el funcionamiento de todo
el ecosistema. Sin los productores primarios no tendríamos
las reservas de energía química bajo la
forma de biomasa, sin los diferentes niveles tróficos
de los degradadores el mundo estaría sumergido
en humus, animales muertos y desechos orgánicos,
sin los niveles de los consumidores no habría control
del número de consumidores de rango inferior. Por
lo tanto hay un flujo continuo de materia y de energía
que atraviesa los ecosistemas, cada componente depende
y controla al mismo tiempo a los otros componentes. Comprendemos
también porque la eliminación de un sólo
anillo de esta cadena puede comprometer el éxito
final de la transformación. (Dallai R., 2005)
En la naturaleza las eventuales modificaciones del medio
ambiente repercuten en los organismos que componen el
ecosistema, de una manera más grave si sus lazos
son rígidos y especializados. Si, sin embargo,
hay una variabilidad suficiente entre los organismos y
los lazos son ligeros, entonces el ecosistema evoluciona,
dando origen a una nueva combinación más
adaptada a las nuevas condiciones de vida. Una biodiversidad
elevada asegura la capacidad del ecosistema para adaptarse
a unas condiciones cambiantes, determinando su evolución
y la permanencia del equilibrio ecológico del que
el hombre depende.